2. Para el lector

20150723_132249

 

En 2015 vivía en Esplugues de Llobregat, Barcelona, en una casa de diseño arquitectónico propio de los años setenta, increíblemente bella como sus dueños, Berta y Javier. Mi habitación –desde la cual podía ver la ciudad toda y, de fondo, el Mar Mediterráneo- daba al exuberante jardín que caía en un barranco estrepitoso. Un cactus más alto que la construcción de cuatro pisos elevaba sus falanges hacia el cielo. En primavera, los rosados brazos de un prunus comenzaban a extenderse hacia un tinte morado que rascaba mi piel de mirador. Yo quería mucho mi pequeña morada y a la familia que allí hube hallado, pero en esa estación también floreció una profunda e indescriptible melancolía. Me pasaba horas con los ojos perdidos en la vastedad del paisaje que se arrojaba al vacío desde mi cuarto. Esa era la atmósfera que rodeaba mi vida cuando empecé a escribir “32 (El Libro que Quería Ser Cuaderno)”.

Hacía ya muchos años que no recibía ni redactaba cartas. Pero en sueños me encontré con Patti Smith, quien me pidió que escribiera algo. Los libros que se escriben desde un sueño solo miden tres por cuatro pulgadas y, como esos libritos de rezo hindúes que se portan en el bolsillo, pueden llevar consigo la totalidad de las historias jamás contadas.

Entusiasmado ante la perspectiva, me entregué a la tarea a principios de primavera, coincidiendo con las primeras floraciones del prunus. Al principio escribía despacio y Patti, de vez en cuando, volvía a visitarme para darme ánimos. En una ocasión me comunicó una petición de César Aira. Todos los libros que se escriben desde un sueño vienen numerados en el lomo, y el mío iba a ser el 32, mi favorito de cuando niño. Pero Aira quería ese número por ser el doble de 16, su preferido. Por mi aprecio a César se lo cedí.

Escribía a mano en un Moleskine de papel rayado, y el 15 de agosto de 2015, día de mi cuarenta y ocho cumpleaños, acabé el manuscrito. Al siguiente sueño se lo conté a Patti, quien lo mecanografió y envió a Andalucía para que lo publicaran. Al final el 4.8 (como equivalencia de 32) resultó ser el número perfecto para mí.

Regalé a mi padre (fallecido un febrero lejano) el primer ejemplar de “32, El Libro que Quería Ser Cuaderno”, pero pasó el tiempo y no me decía nada. Mi padre era un buen hombre, aunque un poco complicado, y no me hice muchas ilusiones de que lo leyera. Hasta que un día, 32 febreros más tarde, se me presentó en sueños y dijo: “Germán, leí tu libro”. Me preparé para recibir alguna crítica (una reprimenda), aunque me sorprendió que llamara libro a algo que a todas luces era un cuaderno. “Escribís bien”, me dijo, y se fue sorbiendo café de filtro de su tacita de Rugantino.

Alguien me preguntó si “32 (El Libro que Quería Ser Cuaderno)” podía ser considerado una memoria. Siempre me ha encantado ese tipo de historias, pero no creo que lo sea. Todo lo que contiene este librito es inventado, y tal como está escrito no ocurrió. Hacerlo me arrancó de mi extraño letargo y espero que en alguna medida llene al lector de una vaga y curiosa alegría.

 

                                                   Domingo de Ramos de 2017, Barcelona