UN PERONCITO (CRÓNICA DE UN SÓLO NIÑO) – EPISODIO 0

UN PERONCITO (CRÓNICA DE UN SÓLO NIÑO)

TEMPORADA ÚNICA, EPISODIO CERO

 

 

 

PERSONAJES: 

Tomás – Tomasito

El General

La Madre – Juana – Enfermera

El Padre – Mario

Avelino

Dr. Gaetti

Niño 1

Niño 2

Niño 3

 

 

NOTA PRELIMINAR AL EPISODIO CERO

 

Cuatro campanadas, mustias de distancia, erigen un aire de siesta. Por la ventana, una bruma salitrosa lo empaña todo de ausencia. Las olas explotan contra el planeta erosionado de los acantilados. Sobre el vidrio de mi mirador, el caracol de jardín se estacionó en una incógnita: ¿vivo o muerto? Adentro hay olor a nuevo y entre los objetos impera el orden. Fuera, el pasto se despeina entre malas hierbas. Ninguna máquina bramará la barbarie del emparejamiento. No aquí, en el jardín que me invento. La cafetera calló su mecánica melódica y el aroma a grano molido difuminó: es apenas un recuerdo vaporoso. El líquido habrá teñido mis entrañas sin que yo pueda testificar. Barrió asuntos viejos mientras se deshilachaba hacia la tibieza, más y más a cada instante y hasta la desaparición. La taza pálida y fría, llora hacia afuera una lágrima de borra. Una barricada de migas de avena son rastro del paso de tres galletas redondas y rugosas: mis dedos amontonaron los vestigios bien cerca de un vaso que transpira agua de heladera.

Indagación sensorial, de ahí partíamos. Así nos lo había indicado Marcelo. Lo había dicho, tal vez, en la primera de todas las reuniones. Nos había enseñado a visualizar un espacio y anotar hasta la minucia todo lo que allí veíamos, oíamos, palpábamos, olíamos… Solíamos llenar carillas con esos reportes sensoriales. En algún momento, la acción acontecería. Y nosotros estaríamos allí, dispuestos a testimoniar.

Las tardes que iba a lo de Marcelo para trabajar con el grupo de escritura dramática eran un deleite. Extraña felicidad. Una impuntualidad en reversa me hacía llegar antes del horario estipulado, invariablemente. Más tarde, jamás. Aguardaba entonces en la puerta de calle, atento al paso de los transeúntes: debía preguntar la hora (no llevaba reloj ni teléfono móvil que me la divulgasen) para así saber en qué momento sería prudente tocar el timbre. El tablero del portero eléctrico era muy parecido al del edificio donde viví la infancia con mis padres, en el barrio de Coghlan. Se trataba de edificios de construcción contemporánea.

Tras tocar el timbre, finalmente, Marcelo bajaba a mi encuentro. A veces el abrazo se precipitaba antes de que el maestro tuviese espacio físico-temporal para cerrar la puerta de calle: trabada la misma con una de sus piernas mientras practicábamos la bienvenida en una torsión de cariño. En otras ocasiones, una vez cerrado el portal, los cuerpos se apretaban más o menos paralelos.

El viaje en ascensor (pequeño habitáculo con paredes de chapa y puertas metálicas: la interior era de esas que tienen unos rombos que se estrujan sobre sí mismos, escondiéndose entre barras verticales que se amuchan; las exteriores -una en cada piso-, hechas de esas bandas verticales de latón que se contraen y expanden cual fueye) transcurría en alguna broma que oficiaba de respuesta a la pregunta de cómo estaba. Una vez dentro del departamento, las cinco personas que solíamos integrar el grupo nos íbamos sentando a la mesa redonda del living. Desde la cocina venía el rumor de la hornalla encendida: Marcelo calentaba agua para mate y té. Todo detalle emanaba un calor entrañable.

Fue en el marco de ese ejercicio grupal que se escribió Un Peroncito. A cada reunión llevaba -estrictamente- una nueva escena escrita durante la semana, en una sentada y de un único tirón: todo transcurría en cuestión de minutos. Rara vez podía expresarse ese tiempo con la medida “hora”. De eso trataba la tarea: escribir algo nuevo cada semana, una continuación de lo hecho para la reunión primera. Y así.

Todos nos enviábamos por correo electrónico lo que habíamos escrito. Cada uno leía en su casa lo de los demás y llevábamos a la clase el trabajo de todos, impreso en hojas A4; una vez allí, nos compartíamos bajo la sabia mirada de Marcelo, una y otra vez, guiados por su voz de alas.

17 escenas escritas en 17 sentadas semanales y consecutivas. Nada hube descartado. Me aterraba comenzar, me aterraba continuar, me aterraba detenerme: fue una disciplina de docilidad fraguada. Recién mudado a mi casa de Munro, una infrecuente placidez me conducía al trabajo, que en verdad era puro juego de placer. Escribía lo que había que escribir para el grupo de Marcelo y leía atentamente lo que escribían los compañeros. Todo mechado con los monólogos y/o escenas que debía preparar para el grupo de actuación de Irina. La casa de Munro, así, era un hermoso espacio de libertad donde la soledad se me llenaba de voces amigas: las de compañeros, compañeras, maestro y maestra. Por las madrugadas, podía oír yo a una muchedumbre que me asilaba. Tal vez se trató apenas de amor, que transcurría en la interacción de los cuerpos sin importar la coyuntura de nuestros nombres.

Propongo aquí, puntualmente y tras tantos años de ausencias y abandonos, regresar a cada una de las escenas de Un Peroncito. Lo haré tal cual fue hecho: de a una sentada semanal. Milagrosamente, guardé una copia impresa del viejo escrito, que tipearé aquí cada vez. En ciertas ocasiones, como en esta primera entrega, transcribiré solamente una escena. Otras veces serán dos o tres. Quién sabe. Así no se hace tan largo. Además, ensayaré una nota preliminar (como esta que ahora leen) a cada una de las entregas. O episodios, como dimos en llamarlas. Porque revisitaremos ese tiempo amable entre todos.

Ya ven: se hizo la hora de tocar el timbre. Me lo acaba de confesar el caracol en un movimiento casi imperceptible que fue delatado por un brevísimo trazo de alantoína.

 

ESCENA PRIMERA  –  TOMÁS Y EL GENERAL

 

Galería de una vieja casa de campo, en algún recóndito lugar de la Patagonia argentina. Sobre las hileras de ladrillos rojos que hacen de suelo, dos mecedoras blancas. En una de ellas, la de la izquierda, se encuentra EL GENERAL: un hombre corpulento, de abrumadora presencia física. Viste, puntilloso, un traje militar. Cuando habla, mueve mucho las manos acompañando el discurso. En la otra mecedora se encuentra TOMÁS, un hombre que aparenta unos treinta y poquitos años. Viste otro traje militar, uno mucho más modesto que el del General, casi el de un soldado raso. Es un poco menos alto que su interlocutor, y muy delgado. También mueve las manos cuando habla, aunque lo hace con una dosis de timidez. Ambos hombres están sentados de manera tal que la línea que forman las mecedoras resulta poco menos que perpendicular a la que dibuja la galería. Nos dan la espalda. Las sillas están levemente inclinadas hacia un lado: la que ocupa El General, hacia la derecha; la de Tomás hacia la izquierda. Así, les resulta más cómodo llevar la conversación. Hablan con la vista puesta en el horizonte. El panorama ante sus ojos es de desolación, un campo llano, árido, infinito. Matorrales y breves pastizales salpican el agostamiento. El cielo es uniformemente gris. El General fuma.

 

TOMÁS

Lindo día…

EL GENERAL

Siempre es un lindo día, mi amigo…

TOMÁS

Los días me preocupan, General. Me angustian.

EL GENERAL

Debería preocuparse menos y ocuparse más…

TOMÁS

Hay algo que me aterra, que me mantiene angustiosamente alerta. Este hermoso cielo gris… Es la pintura exacta de esa sensación. Es maravilloso, pero inquietante. ¿O será que es espantoso y me agrada? (Tiempo) Debe ser el gris, la indiferencia. Odio o amor, ¿pero indiferencia…? (Mueve la cabeza hacia los lados, como en negativa)

EL GENERAL

Los grises… Vaya si los he evitado… Qué fastidio. Del blanco al negro y del negro al blanco, sin transiciones. Ese es el arte que debió aprender usted, compañero. Nada de andar angustiado con preocupaciones.

(Tiempo)

TOMÁS

La extraño tanto, General…

EL GENERAL

Amigo… Algunas mujeres dejan un vacío de espanto, la extinción del Universo no sería nada comparado a sus ausencias físicas… Desaparecen y se multiplican. Dejan el agujero inconmensurable de un recuerdo abrumador… (Tiempo) Pero no se sienta solo… (Pausa) La soledad no es más que un niño enfermo.

TOMÁS

Es que no puedo dejar de mirarla en mi cabeza. Nunca comprenderé lo de la muerte y los sueños. Nada parece haber cambiado desde aquella tarde… Esa siesta… Nada. En absoluto. “No debo estar muerto, debe ser un sueño…”, pienso. Si me siguen viendo, oyendo. Me creen… ¡Me esperan! Yo mismo oigo que les estoy hablando. Les digo cosas que no salen de mi boca. Una comunicación continua, un encuentro inagotable… Está oscuro. En la negrura veo las palabras que me hacen espectador de una acción que me tiene como protagonista. ¿Cómo es que se ve y se oye después de la muerte? La garganta revienta en alaridos sordos. Les explico que no estoy entre ellos, que no les estoy hablando. Pero no hay caso… A veces me pregunto si no será un sueño largo, interminable…

EL GENERAL

(Desde una sonrisa amorosa) Mi amigo, no es posible preguntarse en un sueño si lo que está ocurriendo es sueño, una y otra vez…

TOMÁS

¿Y entonces?

EL GENERAL

Entonces… ¡Siempre! Las cosas son así en este lugar, sucedieron… Y se suspendieron en el aire. (Señalando hacia arriba) Esa pintura gris, eso que tanto lo angustia. ¡Nada puede ser conducido ya! Suspendidos en el aire, eternamente (Sonrisa de plenitud) ¿No es maravilloso? ¡La vida eterna, aquí! Los últimos sobrevivientes. Las escrituras lo sugerían: el cono sur… Condenados a la salvación de la Fe. La quietud de lo perpetuo.

 

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