SANGRE (Textuales 6)

morriñayvoz

 

“Cuidado con la sangre”, me advirtió un pibe que estaba ahí, esperando. Miré hacia donde señaló, al piso, y vi un pequeño reguero. “¿Te lastimaste?”, alcancé a preguntarle. Me dijo que él no, sino un amigo, quien había ido a limpiarse al baño. Todos nos encontrábamos allí tras haber pasado por el humillante “control de seguridad” del aeropuerto de Gatwick, en las afueras de Londres. A mí, esta vez, me habían sacado del bolso todos los artículos de tocador que hube amontonado en la bolsa plástica que te ofrecen para tal fin. “Control de líquidos”, me dijo uno de los enguantados. Porque se ponen guantes para tocar las cosas de la gente, como si las mismas fuesen agentes infecciosos. Eso sí: con los mismos guantes manipulan las cosas de los miles y miles de pasajeros que no dejan de desfilar por esas modernas puertas del Averno.

Lamenté el momento en el que me ordenaron sacarme el cinturón que llevaba puesto. Es que el mismo se encontraba a punto de desintegración y me costaba mucho trabajo sacármelo de la cintura en medio de un contexto apremiante. Además, se me había metido en la cabeza que mi vida duraría lo que durase ese cinturón en una sola pieza. Y una parte del mismo, allí por donde están las perforaciones que atraviesa -a la medida de nuestra cintura- la aguja de la hebilla, pendía de una capa de sintético delgada como una piel de cebolla. Se trata del cinto que usé en el Acto de Presentación del libro y fue allí que -significante- el mismo comenzó a agrietarse.

El día anterior al del Sueño Botánico -así se llamó a la pequeña representación que hicimos para introducirnos todos en la atmósfera de “32 (El Libro que Quería Ser Cuaderno)”-, me acerqué a la librería Borges 1975 con motivo de la presentación del nuevo libro de María Negroni, “Objeto Satie”. Como siempre, llegué temprano. Y me dispuse a hacer tiempo (o a “matarlo”, como usualmente se dice) mirando libros. Comprobé que, con ellos, me pasa lo mismo que con los grupos de música: cada vez conozco menos nombres. Son, a esta altura y para mí, algo así como objetos irreales. Miré sin ver, un rato largo. Observé a otra gente, haciendo -supongo- algo parecido a lo que yo mismo estaba haciendo. Ellos, seguramente, aún tienen un interés en los libros (y en las cosas en general) más genuino que el mío.

Abrí un librito de una autora mujer. Argentina. Miré la contra y supe que se trataba de un compilado de “anotaciones” de la escritora en cuestión. Supuse, entonces, que se trataba del libro de alguien “con un nombre”. O con un mínimo recorrido. Digo, como para que alguien le publique un compilado de pensamientos sueltos. Abrí el pequeño volumen en una página cualquiera, al azar. Leí un párrafo. Dejé el libro donde estaba.

Un rato después nos dirigimos al fondo de la librería, donde está la sala de actividades. Allí había un piano, un contrabajo (¿había un contrabajo?, recuerdo su contorno pero no al de un ejecutante), una mesa con dos sillas y sendos micrófonos. Una mujer de la casa editora (Caja Negra) tomó la palabra. Nos dio la bienvenida (seríamos al menos 120 personas las allí presentes) y amenazó con que la de hoy no sería una presentación de libro habitual. Que más bien se trataba de una pequeña obra de teatro. “Mierda”, me dije para adentro. “¿Acaso justo un día antes de que yo lo vaya a hacer, María Negroni presentará un libro en una forma diferente?”. El hecho de que -de ocurrir así- la cosa estaría a cargo de una autora que me gusta, me resultó un consuelo.

La pianista ejecutaba fragmentos de músicas de Erik Satie. Los mismos se intercalaban a lecturas del libro a cargo de María Negroni y un hombre de unos sesenta años, de apellido Saavedra. Leía muy bien. Leían muy bien. Pero la “pequeña obra teatral” no era más que eso: lectura-fragmento musical-lectura-fragmento musical. Me dije cómo era que la mujer de la editorial consideraba a esta presentación un acto poco menos que vandálico. Transgresor. Pero los detalles, como siempre, lo explicaban todo. Una atmósfera de “nuevos intelectuales” rebalsaba el espacio. La gente no escatimaba esfuerzos en exteriorizar aprobaciones en forma de risas ante cada pequeña broma con visos de intelectualidad que la lectura de los fragmentos del libro proponía. Si hay algo simpático en un párrafo de una carta (imaginaria) que Satie le enviaba a Cocteau, ¿cómo perder la oportunidad de expeler una risita forzada que nos diera una pequeña chapa dentro del evento social al que asistíamos? Sentí vergüenza. No por no estar a la altura de las circunstancia (cruz diablo), sino por todo. Últimamente cualquier cosa me despierta una profunda tristeza. Imagino a todo el mundo yéndose a la cama, por la noche. Solos o acompañados (en el reino de los cuerpos). Apoyando la cabeza sobre el techo, desnudando los párpados. Y me invade una tristeza infinita. ¿Cuándo se detiene el fantoche?

Regresé esa noche a la casa de mi madre con los miedos por el Sueño Botánico controlados. Había decidido de manera intempestiva realizar el mencionado sueño. De inmediato, se sucedieron una serie de arrepentimientos de intermitencia espasmódica. Hasta un minuto y veinte segundos antes de que el asunto arrancase. Pero la noche anterior, al retirarme de la librería donde María Negroni había presentado su más reciente librito, sentí que no estaría haciendo ninguna estupidez (al menos no una supina). Yo no sería un autor. En ningún caso. A mí no me editarían pensamientos sueltos. Tampoco presentaría un libro dando pie a la celebración de sesudas bromas. Vislumbré entonces el Sueño Botánico mientras regresaba a lo de mi vieja abordo de un tren del ramal Mitre y me sentí a salvo imaginando la presentación de un libro donde el autor no leería nada, pero sí se despojaría de su cinturón, como liberándose de la existencia, para luego caer al piso y rendirse ante la belleza mitológica de una valquiria amiga.

Llegó así el día del Sueño Botánico, y nada había sido ensayado. Fue imposible reunirse dadas las circunstancias de cada uno de los que tomamos parte activa en el asunto. Pero a mí me sobraba con la amorosa respuesta de cada uno de los convocados. Es todo lo que -seguramente- había buscado al proponer el acto. Un abrazo entre gente muy querida.

Llegué temprano a Eterna Cadencia. Maté el tiempo, como de costumbre. Miré libros. Libros y más libros. Me dio escalofrío y quise huir. Dejé de mirar. Me refugié en una sala que queda detrás del barcito, en el patio, justo antes de los baños. Hasta que llegó Marcela. Después, Marcelo. Luego Seba, y Ernesto, con quien intenté ensayar una versión de Sangre, la canción de Palo Pandolfo editada en el primer disco de Los Visitantes. Nunca había cantado una canción entera, ni en el baño. Perdón. Una vez, sí: en el marco de una clase de Irina. Irina, a propósito, había llegado conmigo. Su voz está conmigo desde siempre, pero en mi teléfono estuvo apenas desde el día anterior. Por problemas de salud, Irina no sería de la partida con el cuerpo. Su ausencia física había agregado un elemento dramatúrgico de peso: tomé un viejo radiograbador, pasé los archivos con su voz a un ordenador portátil y llevé un cable para conectar las dos orillas de la siempre obsoleta tecnología. No me tomé el trabajo de quitar el polvo que recubría al viejo pasacasete. El abandono me remitía a Beckett y su última cinta, la de Krapp.

Como decía, nunca canté una canción entera. Menos acompañado por un instrumentista. No podía hallarme en Sangre, pobre Ernesto. Tras tres intentos insatisfactorios, lo dejamos así. A lo que saliera. Pasamos la escena con Marcela, ante los sabios ojos de Marcelo. “Hay una acústica rara acá, modulen bien porque puede no entenderse lo que dicen”. Oí con atención su consejo y, naturalmente, lo olvidé dentro.

Llegó el momento en el cual la situación no podía dilatarse más. Como cuando hube de operarme las caderas, a punto de una fractura doble y expuesta. Le dije a Seba que comenzara a cantar All I Have to Do Is Dream, de los Everly Brothers. Mientras, espolvoreé por el fondo de la sala el contenido de dos sobres llenos de piel muerta que se había desprendido de mi cuerpo durante la última semana. Me había tomado el trabajo de -tras barrerme a diario a mí mismo- guardar las partes de un cuerpo en permanente desintegración. Entonces tomé una escoba y comencé a barrer la sala. “I’m dreaming my life away”, cantaba Seba. Yo, mientras tanto, me barría. Nos barría. Y oportunamente, ante cada uno de los asistentes, solicitaba a los mismos que levantasen sus pies. Para barrer debajo. Tras hacerlo, besaba a cada uno y a cada una. El autor barre su propio cuerpo delante de los lectores, quienes levantan las patas para que la acción pueda ser completada. Entre ambos. Siempre entre ambos. Y luego los besaba. “Dream dream dream…”

Al finalizar la canción y la barrida, dejé la escoba a un costado. Encendí una vela y eché una plegaria al dios tiempo. Acto seguido, Marcelo leyó maravillosamente un fragmento del libro. El mismo dio paso a que -yo, vaya caradura- cantara Una Canción, de Troilo y Castillo. A capela. Y enterita. Marcelo leyó más y siempre mejor (y mejor y mejor). Era una oda a la psoriasis y la soledad, que devino en Sangre. Una versión como se pudo, gracias a la paciencia de Ernesto. A su voluntad, siempre más que buena. Luego se hizo el tiempo de Irina. De erigir su voz entre polvo y aparatos vetustos. Tomé la valija donde había llevado el grabador (ahí donde llevo a todas partes los rudimentos de mi domesticidad) y comencé a armar la ingeniería que hiciera presente a Irina (morriña y voz), quien leyó con voz de niña amplificada. Más soledades venturosas. Tras cartón, entró Seba. Se sentó a mi lado, a la mesa que sostenía la vela encendida. Hizo una preciosa versión de Heart of Gold, de Neil Young. Nunca oí una canción tan de cerca. Las lágrimas se me agolpaban y hacían equilibro sobre el precipicio de mis párpados inferiores. Aguanté, una vez más, las ganas de un abrazo. Y me puse de pie, para que todos pudiésemos escuchar la voz de Irina. Una vez más, como si fuese a ser la última. Habló ella de afiebrados deseos de huida, con un ser amado. Y calló. Su voz cesó mientras, sobre la carcasa del grabador, persistía el polvo. Y llegó Marcela. A sentarse en mi silla, sin que yo la abandonase. A leer a dúo de ese libro que quería ser cuaderno. El soñado día de ser -finalmente- libre, parecía ser canción:

 

(Germán detiene la voz de Irina. Continúa sentado a la mesa, observando la llama de la vela, única luz de la sala. Por detrás emerge de la oscuridad una mujer de nombre Marcela. Se detiene detrás de Germán y apoya una de sus manos en uno de los hombros de él. Tiempo. Marcela se pone a la vista de Germán, se miran. Tiempo. Él le hace un lugar a ella en la silla; ella -oportunamente- se lo había ordenado con la mirada. Marcela saca un libro del bolsillo. Lo abre y apoya sobre la mesa, junto a la vela. Leen, por turnos:

Germán:

“Antes de que yo naciera
Antes de mí estaba la herencia
Antes de que yo fuera vida
Antes de que fuera – aparecían búhos y partían trenes”

Marcela:

“La Muerte no es una fotografía
Ni una marca ardiente en los ojos
Todo lo que veo es Muerte
Nada de la famosa cosechadora con su hoz y su reloj de arena
No arañes calaveras ni tibias cruzadas
Ni tampoco la mariposa toro”

Marcela cierra el libro y se dirige al público:

“No llamen a la muerte por un nombre inferior
Muertos a los que he conocido, así lo hicieron”

Germán (refugiándose en el cuerpo de Marcela):

“Los búhos ululan y el pitido del tren se desinfla
Ruego por el aliento que me mantiene vivo”

Tiempo. Marcela lo conforta:

“Un refugio empecinado es un triste error”

Tiempo. Marcela entra en un trance, con la mirada perdida en la llama de la vela y Germán refugiado en su cuerpo. Ella dice:

“Brea vomito y brea espero”

Tiempo. Marcela sale del trance y vuelve a confortar al hombre refugiado en su cuerpo:

“Un tren que ha partido es un tren por llegar”

Tiempo. Germán se separa del cuerpo de Marcela y le dice:

“El amargo viaje toca a su fin
Bajo tu protección, espero en la terminal
Exultante por respirar tu aire de avalancha”

Se aleja un poco y toca su cuerpo en el afán de descubrir si todavía está ahí, si aún es. Alucinado, dice:

“El acolchonamiento de mi cuerpo se ha rajado
Alzo mis pies y el encargado barre lo que alguna vez fue mi carne”

Tiempo. Germán se arranca el cinturón que lleva puesto y pierde el equilibrio y la vertical. Cae al piso. Con el último aliento se arrodilla y arrastra hasta donde está Marcela. Se hunde en el regazo de la hermosa mujer, que dice:

“Cuando cierres los ojos el negro que verás será aún más negro
Y cuando duermas el sueño que duermes no será por tu voluntad
Y cuando sueñes soñarás con niños que agitan los brazos en despedida”

Ella apaga la vela vertiendo lentamente un poco de agua del vaso que está sobre la mesa. Una vez la llama se ha apagado, inclina su cuerpo sobre el de Germán (que quedó echado sobre su regazo). Así, ambos quedan escondidos detrás de la mesa. Suenan los 32 golpes que da Ernesto sobre su guitarra.)

 

“Ya pasó”, recuerdo que dije. Estaba en un trance, probablemente haciendo de conductor de la voz de mi madre, quien me consolaba tras la finalización de algún tortuoso estudio médico o de la aplicación de una de las endovenosas del aborrecible Dr. Gaetti. Luego todos nos abrazamos los cuerpos, indistintamente. Pepe me dijo que oyó mis huesos y yo me recordé que quiero amigos así, como Pepe, que reparan en la insondable música de un esqueleto en el contexto en el que estábamos. Yo, abstraído vaya a saber dónde, ni oí el crujir de mis transidas articulaciones. Pero el amigo sí, que para eso están los amigos.

Tomamos una copa de vino en la baratura propuesta por la librería (tan paqueta ella), mientras descansábamos. Creí recordar que, mientras me cercioraba de si el acolchonamiento de mi cuerpo se había rajado, me hube arrimado a la puerta que separaba la sala de una parte de la librería. Allí, del otro lado, una mujer más o menos mayor que yo -que estaba mirando libros más o menos como los había mirado yo un rato antes-, se espantó ante mi extraña presencia de este lado de la puerta, en cueros: una visión alucinatoria. Ella, preocupada por encontrar el libro más adecuado entre los anaqueles, ignoraba que allí -del otro lado del vidrio- había otro. Uno muy diferente. Uno en el cual el autor, extasiado en uno de los infinitos relatos posibles de una novela expansiva, se arrancaba el cinturón como si fuese la vida y caía al suelo para arrastrarse hasta el regazo de una inexorable, dilatada y dulce visita.

No cuenten conmigo para obtener un guiño de iniciados, un pie sobre el cual rematar el chiste de una risotada que nos revele intelectuales, “inteligentes”; ni para llenar los anaqueles con otro volumen inútil. Sí, les ruego, recuérdenme en caso de que quieran abrazarse de modos extraños. Siempre nuevos. En nuestros cónclaves -afanosamente paganos- nadie alerta a ningún otro sobre la presencia de un reguero de sangre en el suelo. Pues la misma, en todo caso, es la de todos. Vayamos en ella, lamiendo. Parando suavemente al tiempo. Sintiendo el pensamiento.

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