EL LIBRO ES EL CONTINUO QUE NO NOS RECONOCE AUTORES NI LECTORES (textuales 2)

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25 de agosto de 2017 

 

(“El”_”libro”_”es”_”el”_”continuo”_”que”_”no”_”nos”_”reconoce”_”autores”_”ni”_”lectores”) ¿Qué será de vos cuando todos los pensamientos, finalmente, te abandonen?

 

El Rostro de Luigi y Marcelo

 

Son tres los perales que hay frente a mi ventana, de este lado de la casa, de cara al Este. Pueden encontrarse varios más de salir al jardín y caminar en dirección a las plantaciones de vid, trigo y maíz.

“Son amargas…”, me dijo de las peras con cara de resignación Majlend una cierta tarde. Pero un otro día, caminando por entre los tres árboles que dignifican mis ventanas y el balcón, vi yacientes sobre la tierra un par de frutos que exhibían un amarillo muy vivaz. Los recogí y llevé a la frutera de mi pequeña cocina.

Pocos días más tarde tomé un cuchillo y saqué una rebanada a una de las dos peras de mi breve cosecha. Sentí que no eran amargas ni dulces: me resultaron terneza.

 


 

Llegué a esta casa hace meses, tras abandonar subrepticiamente el viejo mirador Barcelonés que fuera mi hogar durante casi dos años. Vivo perdido aquí, no sé dónde, a exactamente 99 kilómetros del lugar que mi abuelo Luis (nunca) abandonó a los 21 años de edad, abordo de un vapor en forma de cubilete que lo lanzaría sobre un borde de la Argentina, allá por 1921. Luigi Marenco nunca más salió de mi tierra natal: vivió al principio en Paraná, provincia de Entre Ríos, hasta que terminó sus días en Buenos Aires. Su vida de ferroviario (cocinaba en el salón comedor del tren que unía la ciudad porteña con Posadas, Misiones) y padre de familia (perpetrada con una española de Castilla y León, Eudosia) le arrebató el sueño de regresar a Orsara Bormida, su terruño, del que partiera oportunamente por culpa de la ruindad del género humano, que no cesa en su vocación autodestructiva. A 99 kilómetros de entonces, estoy perdido en Piamonte. Mientras tanto, el suelo se cubre de peras.

Cuando comencé a escribir la historia que narra “32 (El Libro que Quería Ser Cuaderno)”, inventé un punto de partida. Uno cualquiera: lo importante era el impulso vital que, desde allí, me echaría a andar. Como hace cinco párrafos. Son tres los perales que hay frente a mi ventana…

Luego, resulta imposible saber hacia dónde vamos. Por más que nos hayamos subido a un buque panzón con determinado destino, lejano e incierto. Escribir, de alguna extraña manera, equivale a desandar un camino. Anduve, entonces, sin saber más que eso: estaba andando. Mecánica del movimiento continuo.

Un buen día, me encontré con muchos capítulos de “32 (El Libro que Quería Ser Cuaderno)” escritos. Estaban ahí, frente a mis ojos, sin saber yo de dónde habían salido. Sospeché que bullían como yo, que tenían vida propia. Supe entonces que era menester observar qué cosas habían ocurrido y seguían sucediendo dentro de esa vida ajena.

Agarré de un cajón del escritorio una pila de papeles provenientes de perimidos trámites burocráticos y demás horribles imposiciones de la vida moderna: los había guardado por el simple motivo de que cada uno de ellos conservaba en blanco una de sus dos caras. Había llegado el día en el cual, finalmente, el papelerío cobraría otro sentido.

Corté cada una de las hojas en tres porciones rectangulares: no me preocupé porque todas fueran exactamente iguales en tanto dimensión: me bastaba con que resultaran rectángulos; la incongruencia de sus tamaños me brindaba una agradable sensación de familiaridad. Esa tarde, una pila de casi cuarenta papelitos se convertían en familia.

Temeroso, comencé a leer cada uno de los fragmentos del texto, destinando un trozo de papel para cada uno de los capítulos.

Como primera cosa y en cada papel, escribía el número del capítulo al que correspondían. Luego, su título. Seguidamente, en letra mucho más pequeña, tomaba nota de las temáticas y acciones que descubría en esa porción de vida del texto. Utilizaba para las anotaciones tres colores: rojo, azul y verde.

Junté, primero, treinta papelitos: veintisiete correspondían a los veintisiete capítulos que descubrí ya habían sido escritos y tres a los que hube llamado Interludios Moleskine. Los tres papeles que representaban los interludios eran rectángulos notablemente más grandes que los destinados a los veintisiete capítulos: se trataba de mitades (y no tercios) de las hojas rescatadas de la burocracia del olvido.

Agarré otra hoja y la utilicé en su totalidad para escribir de manera cifrada el título del libro: me avergonzaba la idea del mismísimo texto observándome en la desfachatez de otorgarle un nombre que, desde un primer momento, había sido suyo; sin necesidad de que yo lo decidiera: uno no decide nada, apenas persigue algún que otro fantasma. “4.8”, anoté como equivalencia, haciendo a un lado la continuidad del nombre, dejándolo implícito. Era una demostración de respeto.

Fui entonces pegando los papelitos sobre las puertas de espejo de los tres cuerpos del placard de mi habitación: el hecho de que el mismo estuviese dividido en tres secciones resultó providencial, o más bien un hallazgo. Representaba perfectamente la división natural del texto: una serie de capítulos que culminaba en el primer interludio; una segunda serie de capítulos cuyo cierre oficiaría un segundo interludio; finalmente, una tercera serie y un tercer interludio. Así, los tres paneles de espejo.

Azorado, observé cómo los capítulos (o libros, como los había llamado) escritos comenzaban a hacer un sistema: yo no había hecho nada más que poner el cuerpo para, más tarde, observar y obedecer a lo que allí existía. Descubrir y tomar nota de lo que en esa vida ajena andaba sucediendo. No había tirado a la basura ninguna línea de lo escrito, expelido en perfecta cronología.

Me quedé observando hasta perder la noción de tiempo. No supe bien cómo, pero me sorprendí completamente desnudo frente a ese espejo de tres cuerpos semicubierto por los papelitos escritos con tinta roja, azul y verde. La luz comenzó a escasear: se hizo hermosamente suficiente. Se había hecho noche sin saber yo cómo. Di cuenta de que nunca en mi vida había sabido cómo se hacía la noche, por más que la misma insistiera en regresar, una y otra vez. Ese descubrimiento logró que olvidara la sorda exigencia de saber cómo es que había terminado desnudo, una vez más, frente al espejo.

Encendí la luz.

Tomé una de las mitades de hoja que había sobrado de la acción de partir dos de ellas en mitades y, como respondiendo a un mandato que hube recibido en un pasado remoto, escribí en ella los números 28, 29, 30, 31 y 32. La pegué a continuación del papelito que representaba al tercero de los interludios. Los espejos devolvían ahora mi imagen entrecortada por 32 papelitos. Una emoción de simetría me quitó el aire: me lancé sobre el escritorio y tomé un nuevo trozo de papel. Le inventé un quiebre a la circularidad de la estructura con una coda. La misma, me dije a la misma velocidad en que mis manos tomaban nota en tres colores, sería una poesía. Este cambio de formato, a su vez, rompería con otra de las manifestaciones del orden imperante. El afán desmedido de romper con lo establecido (¿afán o necesidad?) seguía dominando mi vida, haciéndola añicos. A su vez, otro de los tantos demonios que me constituyen, replicaba lúcida y lúdicamente: “el texto poético, entonces, se compondrá de 32 secciones”.

Pegué sobre el tercer cuerpo de espejos el papelito número 33 y volví a mi mirador. Perdí mi vista en la nada de un espejo cubierto de papeles: la imagen de mi desnudez se desarticulaba en una serie indefinida de jeroglíficos. Recordé entonces a Marcelo, uno de mis dos maestros más queridos, esos que hicieron de la amarga aridez de mi vida un lienzo tierno y amable. Supe que de él había aprendido alguna que otra cosa fundamental. Entendí que el verbo aprender, conjugado en los lugares correctos, resulta equivalente al verbo recordar. “Algo de todo esto debe estar bien”, me dije sin hablar, sin siquiera recurrir al lenguaje.

Apagué la luz, me tiré sobre la cama e inhalé profundamente la imperfección de la penumbra. Los papelitos danzaban un minué sobre la pared interior de mi frente. Bailaban la misma pieza una y otra vez (ciclos de un tiempo incierto). Tras una última ejecución, detuve el tocadiscos. Comprendí entonces que, tras el tercer y último interludio, la narración había llegado al punto exacto en el que el niño protagonista –ya en cuerpo adulto- comenzaría la escritura de su pequeña historia. Sospeché que, de ahí en más, el libro se transformaría en una especie de diario que daría cuenta de las breves horas de la vida de adultez del niño desde el arranque de la escritura del tan mentado librito hasta el día de su cumpleaños, fecha en que el libro acabaría. Así, el último cuarto de la historia sería un diario de viaje.

Absorto en el duermevela, noté que el papelito número 33 –representante de esa coda poética en 32 secciones- se había difuminado.

 

El Olvidado Rostro de Todo

 

Desperté a una pesadilla: el diario de un viaje en el cual ensayaba movimientos cuyas implicancias no podían ser controladas. El contorno de toda cosa se deformaba, las líneas rectas se curvaban y las curvas se enderezaban. Lo hasta entonces conocido se revelaba en un pináculo de absurdidad donde todo hacía extraño sentido. En el preciso momento del relato donde el niño se aprestaba a cumplir su demorado deseo, todos los mapas se me borronearon: en un hospital lejano y extranjero se me anticipaba lo peor. Un mes más demoró (demoré) la confirmación de la noticia: fue preciso recibir el diagnóstico en casa, para comprobar entonces que la idea de hogar no existe en el plano físico. ¿Alguna vez agarraste lápiz y papel para dibujar una emoción sin ventanas ni chimenea? La hoja de ruta se tiñó de cirugías y radiaciones: un recorrido infecundo.

Los acontecimientos de mi vida fuera de lo que había estado escribiendo caían con contundencia en la red de lo narrado por el texto. La enfermedad borraba todas las fronteras, la vida imitaba a la acción literaria. La desbordaba. La misteriosa puerta que dividía las aguas se revelaba líquida, un molinete que nos pasa a un mismo y único espacio, una y otra vez. ¿La vida le otorgaba razón al texto o se me ofrecía como una respuesta válida para toda pregunta?

Combatir una enfermedad te retira del núcleo de las cosas. Nos empecinamos en la negación de nuestra propia naturaleza en nombre de la vida. De la vida mal entendida. Sobrevivir a como dé lugar es el mandato cultural más hipócrita, cruel y miope que pueda yo imaginar. Ese que, llegado el caso, un instinto nos impulsa a acatar.

Después de la anestesia, el escalpelo y el rutenio, tras todos los ungüentos y fosforescencias, los días volvieron a vaciarse. Quedé una vez más desnudo frente a las preguntas. ¿Cómo sigue esto? ¿Dónde estoy parado? ¿Hay un plano –un punto- donde lo escrito y lo vivido confluyen? ¿O en verdad todo es una misma cosa, mientras nos empeñamos en absurdas divisiones parcelarias? ¿Por qué la voz del poeta advirtiendo que “la vida es sueño” es tomada únicamente en sentido estético? ¿Qué cosa es cierta: la ciencia o la poesía? ¿Por qué no leemos a la muerte como un verso hermoso y plácido? ¿Por qué huimos del soneto? ¿Por qué querrías aferrarte a lo conocido? ¿De qué modo permanecerías? ¿Apenas presa de un ciego afán?

Mientras intentaba seguir con la vida como si nada, todo lo establecido se caía a pedazos. A mi alrededor, las cosas que alguna vez creí ciertas mostraban sus pies de barro. Demoré un tiempo en apagar el instinto de evitar el derrumbe o intentar una reconstrucción. Tardé en aceptar y permitir que las cosas se derrumbaran, se difuminasen. Evidentemente, había algo que las absorbía. Pero nos lo negamos, así como preferimos olvidarnos de que somos parte constitutiva de ese algo. La negación, en el nombre de un concepto errado de vida eterna. El geocentrismo no acaba nunca: apenas muta, torpemente.

Mientras los días se acumulaban, los papelitos seguían pegados en las puertas del placard. Yo me paseaba entre ellos, de ambos lados del espejo. Los papelitos que cartografiaban el texto ahora danzaban durante la vigilia: jugaban a atravesarme. Podía yo pasar el día parado, sentado o acostado, que ellos estaban siempre ahí, atravesándome.

Por las noches bajaba la persiana, apagaba la luz y me recostaba en la cama dispuesta en paralelo al espejo. Me acostaba así dos veces, mientras los papelitos se disponían a descansar sobre el espejo, en perfecto orden. Desde allí –desde el borde de las cosas donde nada se divide- me miraban sin pensarme. Me veían como a algo sin historia. Me tocaban sin nombrarme. Me tocaban, nada más. Con la luz apagada y la persiana baja, era incapaz de verme a ambos lados del espejo. Habiendo ya cambiado de piel todos los días, el olor de los duraznos se me escapaba. Mis ojos, cerrados, me convertían en otro. Uno que pasa sin ser visto. Uno que está solo, pero solo sin recuerdos. Uno que está muy solo, pero solo y nada más.

Sentí temor de finalizar el texto. Temí no saber hacerlo. ¿Había escrito la historia, o la historia me había escrito a mí? ¿Terminaría de escribirla, o ella terminaría de escribirme? La idea de que nunca podría saber si –llegado el caso- sería o no yo mismo ese cuya imagen se sentaría al escritorio a finalizar la tarea, me tenía estupefacto. ¿Quién era el demiurgo, finalmente? ¿De qué lado estaba yo, de haber dos lados? ¿Cabía la existencia de algo divisible? ¿O todo, finalmente, había resultado una elucubración estéril?

Alguien terminó de escribir ese último tramo del libro, esa narración que parte del punto en el que el niño, disfrazado de adulto, acude al cumplimiento de su largamente dilatado deseo. Ese último cuarto de “32 (El Libro que Quería Ser Cuaderno)” es un enigma sin solución. Es decir, es y no es un enigma. Es una revelación de lo que no existe. Un cuaderno inacabable.

 


 

Comencé a practicar un ritual, cada mañana. Consiste en visitar los perales frente a mi ventana. Observo primero sus orgullosas copas, frondosas y repletas del fruto veraniego. Las peras se sonrojan en una de sus caras, como si fuesen lunas que solo pueden ser vistas desde la Tierra: desde mis ojos, que bajan hacia el suelo por las ramas y el tronco. Una vez allí, cuentan los frutos caídos. Tras hacerlo, toman una imagen (como si fuesen una máquina de rayos X) y la archivan. Día tras día compruebo que nuevos frutos han caído de los árboles, mientras los que lo habían hecho previamente, modifican su cuerpo. Día tras día, mañana tras mañana. Con puntualidad incalculable. Parecen cosas sin tiempo ni memoria. Comencé entonces a mirarlas sin pensarlas, cada una de las mañanas. A medida que sus formas fueron declinando hacia lo aún más bello, descubrí que no tienen nombre. Ni amigos. Ni lenguaje. Son cosas sin verdad. Sin Dios. Sin asuntos por los que llorar. Sus cuerpos van siendo absorbidos por la Tierra, como si la misma fuese una madre engendrando en reversa. Cielo invertido. La vida eterna.

 

peras

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