EL LIBRO COMIENZA AQUÍ (textuales 1)

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15 de agosto de 2017

 

(“El”_“libro”_“comienza”_“aquí”) Y tus ojos -fruta abrillantada led-, chisporroteando en la forja del discurrir –superposición de cada uno de los esbozos intelectuales todos-, siguen a tientas esto que yo -alguna vez–siempre- persigo con dedos ciegos de membrillo, chapaleando sobre un tablero de jeroglíficos: ni los miro pero veo, chisporroteando en la forja del discurrir. Inventamos la nada, el tiempo. El mundo. Lo escribimos en el fluir. Esta acción que ejecutamos indefinidamente, (también) es el libro. Es lo único que aspiro a que comprendas. Compartas. De ser así, se habrán acabado los cuestionamientos todos. Finalmente.

  

Andrés, el Sin Rostro

 

Andaba por todas partes. Había decidido que mi tienda de discos, tras el cierre de su sede física, quedaría en mi cabeza. Nada de la virtualidad de internet: eso resultaba demasiado fácil, básico, difundido. La disquería, de ahora en más, sería mental. Como lo es todo, a fin de cuentas. Así, mi cuerpo pasó a ser una especie de cadete del cerebro. Como suele serlo. Y andaba por todas partes. Repartiendo algunos discos y, sobre todo, palabras. A pesar del estado avanzado de la internet y el fácil e irrestricto acceso a la información que este “avance” trajo consigo, conservaba yo muy fresca la reputación del tipo que sabe lo que otros todavía no, el que siempre está al tanto, etc. Mientras tanto, mentía descarada y afanosamente. Hacía lo imposible para dejar en claro que mi actividad era una farsa más. Y me exponía, como para aclarar que la barbarie siempre –pero siempre- comienza en casa. Sin embargo, hazte fama y échate a dormir.

Escribía en un blog propio sobre música y discos, además de algún que otro disparate transversal. Nunca escuchaba los discos sobre los que escribía. A lo sumo ponía a reproducirlos virtualmente por apenas segundos, en este no lugar en el que todos estamos aislados en simultáneo. El sonido disparaba una idea en la cabeza y anotaba uno o dos párrafos. Y al disco siguiente. Así, escribía sobre cientos de discos cada mes. Cientos y cientos. Era obvio que se trataba de una comedia: invitaba soterradamente a que abandonaran la mentira que los consumía, o al menos que se replantearan de ella alguna pequeña cosa.

El asunto es que yo quería dejar de ser el “experto” que se suponía había sido (antes de la aparición de internet), pues me veía venir un tsunami de “versados” al cual yo no deseaba pertenecer. Nunca me gustó pertenecer, a nada ni a nadie. Pero era muy difícil no resultar salpicado. La disquería mental era un éxito. Y mi cuerpo hacía de cadete de la mente por toda la ciudad: había tanta gente formando parte de la tienda cerebral que resultaba imposible saber quiénes habían sido clientes de la disquería cuando la misma contaba con una sede física y quiénes no. En mi saludable confusión, los rostros fundían en uno solo: uno carente de rasgos determinantes.

Andaba por todas partes, desde un taller industrial del conurbano bonaerense hasta un penthouse en la esquina de Olleros y Libertador: visitaba el edificio de estilo que se halla justo en la intersección de estas dos calles de la Ciudad de Buenos Aires. Una geografía de privilegio, en todos los sentidos. Allí le llevaba discos a un tal Andrés, a quien –para variar- no podía identificar en mi cabeza. Era uno de los tantos nombres sin rostro. Lo mejor del caso era que Andrés nunca estaba: le dejaba entonces los discos a su madre. Tocaba el timbre, me anunciaba y esperaba abajo, en la vereda. Luego me iba.

Siempre me iba, como si mi vida se redujese a una narración dudosa y breve. Así, en un mero acto de enunciación, Olleros y Libertador se transforma en el barrio de Poblenou, en Barcelona. Estoy yendo a lo de Andrés, a quien había identificado –finalmente- hacía un año y monedas, cuando me hube mudado a la capital catalana. En aquel entonces me había contactado con él, quien me dijo de almorzar juntos, ocasión en la que me expresó el deseo de que yo escribiera para la compañía multimedia de la cual él era cabeza en su sede europea. Sería prudente (o de buen gusto) no mencionarla aquí, pues es una de las más grandes (sino la más) plataformas cuyo contenido está destinado a los jóvenes. Vice.

Yo había ido al almuerzo con la idea de que me abriera alguna puertita para escribir, sobre lo que fuere: de cualquier modo, todo lo que yo escribía, estaba atravesado por la música, cosa que me haría apto para la sección correspondiente de la (no) mencionada plataforma. Pero no hizo falta: Andrés, el sin rostro, se me adelantó y –antes de que yo pudiese expresarle mis intenciones- me anunció su deseo de que yo formase parte del asunto, escribiendo.

Además, hablamos de mi libro, que por entonces había comenzado a garabatear. Le conté de qué trataba y expuse alguna de las ideas que por aquel entonces tenía respecto a su edición: habría interludios, compuestos de extractos del cuaderno donde el narrador ensayaba la escritura del libro. Le dije que pensaba escribir a mano breves textos dentro de esos interludios, textos que serían exclusivos de cada uno de los ejemplares del libro. Recuerdo su reacción: “pero eso podría hacerlo Morrissey, no vos… ¿Qué tendría de interesante hecho por vos?” Hice como que no lo oí: su pensamiento me resultó lo suficientemente representativo del funcionamiento de todo. Lo importante era que el número uno del departamento europeo de una de las principales plataformas multimedia a nivel global quería que yo escribiese para ellos algunas de mis pavadas. Le expresé entonces la alegría que me provocaba tal cosa, y los beneficios que me traería: ante todo, la obligación de salir al mundo y socializar, cosa a la que nunca fui muy proclive. En ese momento de mi vida, salir del ostracismo me sonaba a buena idea. En segundo lugar, el hecho de escribir para Vice podía hacerme erigir una pequeña base de lectores, pensando en el libro que estaba armando, y el cual, eventualmente, (se) editaría.

A la semana siguiente, el almuerzo era de a tres: se había sumado Juanjo, el editor en jefe del departamento de música. Se trataba de un hombre relativamente joven, encaminado de lleno a los cuarenta, que usaba una barba tupida y recortada a la moda. Hípster ibérico. Andrés me presentó ante él y hablamos de mi incorporación como redactor, entre otras tantas cosas. La cuestión era un hecho: restaban meros formalismos, que se sucederían en los días venideros. Nos acercamos a la caja para pagar nuestros almuerzos. Como de costumbre, no tenía dinero encima, por lo que hube de pagar con mi tarjeta bancaria. Para evitar un engorro de cuentas, pagué el almuerzo de Juanjo y quedamos en que él me pagaría el próximo, pautado para después del fin de semana.

Tal como habíamos quedado, les envié por correo electrónico uno de mis últimos escritos. Tras revisar el contenido de la plataforma Vice en español, sección música, supe que no sería para nada difícil mostrarme como una pluma peculiar: todo lo publicado allí era una concatenación de lugares comunes. Por ejemplo, una redactora se quejaba de que Robert Plant había tocado una versión “rara” de Black Dog con su nueva banda (que incluía integrantes africanos). “Un sacrilegio”, y estupideces del mismo altísimo calibre inundaban su artículo. Podría escribir cosas más interesantes con los ojos cerrados (es decir, sin siquiera la necesidad de asistir a conciertos o escuchar discos), me dije como modo de sacarme presión.

El prometido próximo almuerzo nunca sucedió. La comunicación, que hasta entonces había sido fluida, súbitamente se hizo inexistente: ni siquiera hubieron formulismos hacia la extinción. Un par de meses después, insistí un poquito, recordándole a Andrés que yo no era una persona como la mayoría, que a mí se me podía decir cualquier cosa, pues no soy de los que se ofenden si a los demás no les gusta lo que hago (o lo que soy). La respuesta, enfática, fue que de ninguna manera el silencio de su parte se debía a que mi texto los hubiese espantado: simplemente habían sido meses de verano, cuando todo el mundo se va de vacaciones y bla bla bla. “Ya mismo retomamos…”

Juanjo, el hípster ibérico, quedó debiéndome un almuerzo, para siempre.

Así, en el saltimbanqui narrativo, regresamos al barrio de Poblenou. Estoy yendo a lo de Andrés, tras los episodios arriba narrados y un silencio que había durado más de un año. Durante ese tiempo, primero debido al hartazgo y luego al fragor de la lucha vital, Andrés volvió a ser un hombre sin rostro. Pero hube regresado yo a Barcelona y, si bien mi circunstancia había cambiado dramáticamente, la necesidad de salir al mundo a socializar seguía sonando a buena estrategia.

Llegué a la puerta de la casa de Andrés. Antes de tocar el timbre, sentí la música de un piano que venía desde el interior. Alguien estaba tocando En la Vereda del Sol, del álbum Peperina, del grupo Serú Girán. Esperé a que la melodía se extinguiese y llamé a la puerta. Andrés volvió a tener rostro. No estaba yo ahora en Olleros y Libertador, dejándole los discos a su madre. Nos encontrábamos en una casa (la suya) con sobrados signos del buen pasar de un joven pasado, de posición social, laboral y económica de privilegio. Un privilegio forjado desde una base asimismo privilegiada, la del hijo de una familia “bien” con (como mínimo) un piso sobre la Avenida del Libertador de la Ciudad de Buenos Aires.

Camino al patio, donde nos sentaríamos cómodamente a platicar, Andrés me mostró la caja de vinilos de los Beatles. Un tocadiscos y un puñado de discos (todos ellos reediciones) me recordaban dónde estaba yo ese mediodía. Mucho más allá de Poblenou, Barcelona y la máquina de hacer chorizos.

El patio, minúsculo, no brindaba ningún sector con sombra suficiente. Me puse las gafas de sol. Me sentí un poco extraño al hacerlo. La acción me trasladó directamente al aula del Instituto San Román donde yo cursaba el primer año de mi instrucción secundaria. Allí, debía usar gafas de sol aún dentro del aula, pues Febito asomaba sus tentáculos por entre las rejas de los ventanales. Siendo un niño, tomaba estas pastillas que potenciaban en mí los efectos de los rayos ultravioleta. Me sometían a un tratamiento de fotoquimioterapia en el ciego afán de curar una psoriasis. Y yo debía proteger mis ojos del sol. Pero no, no estaba en el San Román sintiéndome un tipo raro desde temprano, hoy estaba en Poblenou, en lo de Andrés, poniéndome las gafas de sol dentro de su casa. Sentí la necesidad de brindar explicaciones y aproveché el formulismo de un “¿cómo andás?” para justificar mis Ray-Ban a deshoras (en el colegio, varios compañeros me hostigaban, acusándome de ser un farsante que en verdad solo usaba las gafas de sol para hacerse el interesante, y se burlaban del tic que había desarrollado, uno que hacía acomodármelas todo el tiempo, empujándolas hacia arriba desde el puente). Le conté que hacía apenas un mes, en Buenos Aires, me habían diagnosticado una enfermedad de la que gran parte de la gente muere (no la voy a mencionar aquí, como no mencioné a Vice). Melanoma de importantes dimensiones en la parte posterior del ojo izquierdo.

Le conté que había terminado de escribir los últimos capítulos de mi novela, al menos en la cabeza; que solo restaba encontrar el coraje suficiente para sentarme cuatro o cinco horitas y bajar todo a papel. Que era cuestión de días. No hice ni una sola mención a las reiteradas e incumplidas promesas de que yo formara parte de Vice, escribiendo. No era mi intención incomodarlo, ni reclamar nada. Aunque guardé la esperanza de que el tipo sí hiciera una mínima mención, que finalmente nunca hizo. Pero yo estaba ahí, porque no tengo orgullo para las estupideces. Estaba ahí porque había regresado a Barcelona, a tratarme el último y más acuciante problema de salud que se me hubo diagnosticado a la fecha, y necesitaba llenar mi vida con algo más que cirugías y radiaciones. Y entonces le actualicé mis ideas para la edición del libro (aún sin ser Morrissey, ni Yoko Ono).

La primera reacción de Andrés ante mis novedades de salud fue un instintivo tic de la más abyecta superchería: “Che, ¿pero no estarás hechizado…?”. Me resultó más revelador de lo que habían sido las reediciones en vinilo y el tocadiscos, vistos camino al pequeño patio.

Tras un buen rato de charla, fuimos a almorzar a una pizzería vecina. Allí, Andrés prometió pasarme la información de uno de sus innumerables contactos para darme una mano con la edición del libro. Dijo conocer a los cabecillas de un par de editoriales que se dedicaban a concebir libros artesanalmente, libros especiales. La extrañeza del mío resultaría compatible. Yo buscaba una editorial que pudiese comprender mis intenciones respecto del libro, todas ideas fuera del estándar, para que oficiase de socio sin riesgos económicos (que serían asumidos por mí mismo).

Comí la pizza fría, pues hablé demasiado (errores de un desesperado). Llegó el momento de pagar. Esta vez tenía dinero en efectivo, pero en un billete de 50 euros. Pagué la cuenta y Andrés comenzó a darme su parte. Le dije que me estaba dando un euro de más y arrimé la moneda hacia su lado de la mesa. Poniéndose de pie, tomó el níquel y lo puso nuevamente de mi lado, sobre el dinero que yo debía recoger: “no, tomá-tomá: es mi aporte para el libro”.

Nunca recibí los datos de contacto de ninguna de las editoriales que oportunamente me fueran ofrecidos. Nunca recibí ni un solo mensaje más de parte de Andrés, por ninguna de las varias vías disponibles.

“No insistir, nunca”, escribí tres meses después en una hoja en blanco de mi Moleskine.

 

El Rostro de Javier y Juan

 

El fluir del pensamiento es la única escritura posible y, asimismo, inevitable. El continuo. La escritura en el sentido de la literatura, es apenas una disrupción de dicho proceso inexorable. Reducir la acción literaria al acto fragmentario de bajar a papel, a como dé lugar, brevísimas muestras de ese discurrir, es una idea de un elitismo miope e inaguantable. ¿Con qué finalidad se ha impuesto este concepto más que la comercial? Toda reducción, fraccionamiento y división, se propone etiquetar y clasificar. Ordenar la mercancía a ser vendida y comprada. La existencia de mentes geniales en este acto disruptivo de la escritura, nombres propios que han visto sus ensayos editados con el mayor de los sucesos en cada uno de los planos, no constituye refutación de la idea que –irremediablemente balbuceante- intenté plasmar en este párrafo.

El asunto es que practiqué la escritura del fluir de la conciencia toda mi vida, como todo el mundo. Y también ensayé la disrupción de la bajada a papel desde la más tierna edad, también como todo el mundo que haya ido a la escuela para tener allí su primer cuaderno de clase. Hasta los niños que nunca aprendieron a escribir, de alguna forma, también lo han hecho: con que alguna vez hayan tomado entre sus manos una pequeña rama del suelo para trazar algunas pocas rayas sin semántica aparente sobre la tierra yerma que les ha tocado en desgracia, resulta suficiente para haber consumado el acto disruptivo de la literatura. Lo demás es pura cháchara.

Cuando me mudé a Barcelona, caí en la casa de Javier. El mejor indicador de que se trataba del lugar correcto fue lo inimaginable de haber encontrado un lugar así donde vivir. Se trataba de un barrio, de una calle, de una casa y de una habitación totalmente incongruentes con mi historia (que no se detiene, febril presa de su involuntaria vocación por el absurdo).

A pesar (o por qué no a raíz) de esta incongruencia, me sentí inmediatamente “en casa”, pues la experiencia emocional se manifestó mutua. Esto se produjo sin transiciones ni necesidad del paso de “un tiempo lógico” o “prudencial”. Lo inequívoco suele ser inmediato.

Pues como siempre fui de salir poco, el hecho de haber estado viviendo en este nuevo e inimaginable hogar durante un año sin abandonar mi habitación más que para las cosas más o menos inevitables, trajo consigo un poco de presión (esa auto-imposición ridícula): ¿qué podrían pensar los buenos de Javier y Berta respecto a qué había hecho yo en una de las habitaciones de su casa a lo largo de un año, casi sin salir? Sentí que era menester, una vez concluido el texto en el que había estado trabajando, mostrarlo. Como para que mi tendencia al ostracismo estuviese socialmente justificada. Aunque el hecho de enseñar un texto de 400 páginas no explicara en modo alguno un encierro de 365 días y 365 noches. Especialmente cuando el acto disruptivo de la escritura, en mi caso, sucede en dosis homeopáticas. Por lo general, el tiempo que necesito para escribir 400 páginas resulta apenas superior al que se necesita para leerlas. A partir de este dato, resulta fácil inferir que la extensión de ese encierro no se explicaba por “haber estado escribiendo”. El nudo del asunto resulta inconfesable dentro de la sociedad que nos toca: la explicación era que soy un experto en no hacer absolutamente nada. Pero ya no siento culpa por haber recibido semejante don.

La cuestión es que un buen día envié por correo electrónico el texto “terminado” no solamente a Javier sino, además, a Juan, un gran amigo de la familia y, por consecuencia inmediata, también mío.

Habiendo cosechado los dos primeros lectores, la endeble y culturalmente tentadora idea de calificar de libro a una colección de disrupciones textuales fue robusteciéndose. Sobre todo, porque estos dos primeros ensayos de lectura produjeron una buena impresión, al extremo del halago. Aquí cabe la mención de que, dado el extraño bagaje cultural heredado, se tiende a descalificar la opinión de alguien que nos conoce personalmente y nos tiene afecto. Como si el afecto fuese un desvalor que desvirtúa cualquier capacidad intelectual. Extraño razonamiento que, en la primera reacción, bien puede confundirnos. Pero que no debiera hacerlo mucho más allá de esos breves instantes iniciales. Juan y Javier son dos de las personas más inteligentes e instruidas (en el más amplio sentido de la idea, no me refiero únicamente a una instrucción “intelectual”) que he conocido a lo largo de mi vida. ¿Por qué desconfiar de sus criterios por la simple existencia de un conocimiento personal y sentimientos de cariño? Así de tramposo resulta el sistema para el cual fuimos formados: las impresiones de dos tipos como Javier y Juan sufren un menoscabo a favor de, digamos, el lector profesional de una casa editorial. Como si este señor fuese una entidad abstracta y no un hombre que –esclavo moderno- se ha perdido en el Averno del sistema, entregando la parte más sustanciosa de su tiempo físico e intelectual a una empresa comercial, a cambio de un poco de dinero. Un hombre que se levanta todos los días de la cama con dolores, angustias, frustraciones y alguna que otra felicidad. Alguien que hace la mueca del profesionalismo, farsa entre las farsas. Este hombre, munido del salvoconducto que otorga la abstracción “lector de casa editorial”, califica para leernos. Dos amigos nuestros, concretos, a quienes les conocemos un sinfín de virtudes, en cambio, resultan descalificados. ¡Por el afecto que nos pueden dispensar! Y esto es apenas un detalle dentro del océano de absurdos en el cual naufragamos con tanto ahínco…

El asunto es que Javier tenía un amigo, mandamás de la editorial más grande de habla hispana. Por decoro y precaución no la voy a nombrar. Planeta. Desde un primer momento Javier me había dicho que con gusto le acercaría a su amigo el texto en el que estaba trabajando. Yo, que había llegado a su casa producto de una concatenación de casualidades (mi vida en acción leve), pensé en un momento que el asunto podía revestir un carácter providencial. Pues entonces, le dije a Javier que sí, que le llevase el texto a su amigo planetario.

El mismísimo Javier, uno de los dos primeros testigos del texto, quien le había practicado una lectura extremadamente concienzuda (repleta de detalladas anotaciones y autor –Javier- de una devolución por escrito que me había dejado boquiabierto), se lo acercó a su amigo editor con muchas ganas y felicidad. Era la primera exposición del texto dentro del “mundo profesional”.

Pues el mandamás entregó el escrito a una persona de su confianza dentro de la organización para que este, a su vez, se lo pasara a un lector calificado. El lector, un par de meses más tarde, le haría llegar su informe al mandamás. Informe que, seguidamente, llegó a Javier de manos de su amigo. De sus manos, finalmente, pasó a las mías.

El dossier era negativo, cosa esperable. Yo también hubiese desaconsejado el texto. Pero el nudo del asunto, en verdad, reside en los motivos del rechazo (esto también aplicaría al caso de una eventual aceptación, obviamente).

Leí el informe con creciente alivio: estaba pobremente redactado, a las apuradas y, para colmo de bienes, denotaba que mi texto no había sido leído sino en diagonal.

El parte arranca con una tipificación del texto, clasificándolo según el nicho comercial al que podría ser destinado (detalle no menor). Inmediatamente, acusa al escrito de no tener forma. En todo caso –me decía a mí mismo mientras leía- quien le otorga forma a un texto es el lector, invariablemente. Y no, no es esta idea una forma de negación de la hipotética falencia del escrito: es más bien un hecho fáctico. De lo contrario, cada libro del mundo debiera venir acompañado de un manual que nos enseñara la forma de dicho libro (no vaya a ser cosa que nos salgamos del rebaño y nos pongamos a jugar con ideas propias…).

El informe responde a una estructura marcial impuesta, en primer término, por la industria y, en última instancia, por el sistema. En tales circunstancias, el lector de una casa editorial toma la forma abstracta de un semidiós que dictamina que el texto revisado –digamos- no tiene forma. No existe la posibilidad de que él mismo sea quien resulta incapaz para asignársela (o descubrirle al menos una sola de todas las formas posibles), en su labor de lector de carne y hueso: uno que se levanta todos los días de la cama con dolores, angustias, frustraciones y alguna que otra felicidad.

No emitiré aquí un juicio de valor sobre el informe redactado por el lector de Planeta. No sería pertinente, ni vendría al caso hacerlo. Pero sí transcribiré un párrafo, apenas uno que desnuda brutalmente la función encomendada a este tipo de empleados: la de detectar escritos cuya temática encaje en alguno de los nichos comerciales alrededor de los cuales se estructura el negocio, de manera que –sumándolos al catálogo- pueda preverse la venta de un determinado número de ejemplares que genere un pequeño beneficio económico que pasa a engrosar y conformar las suculentas ganancias de un negocio vil.  (“Everything counts in large amounts…“). Dice, entonces, un párrafo del informe:

“El texto tiene una posible salida comercial de culto, si se centrara en su obsesión por la música y en particular por la banda The Cure, pero para ello ha de reescribir el libro de arriba abajo, buscar una forma de acercarlo al lector y de hacerlo comprensible. Si hiciera eso, es posible que se convirtiera en un memoir de culto, pero ahora mismo tan sólo hay un memoir dominado por el exceso, la confusión y la acumulación de datos”.

Exceso, confusión, acumulación de datos. En mi librito, todo sonaba a elogio. En mi librito, únicamente: estaba claro que, en el suyo, esas adjetivaciones resultan ser absolutamente negativas. Pero lo que más me molestaba era la calificación de memoir, absolutamente infundada. Falaz. Eso evidenciaba que el libro no había sido leído en su totalidad. El hecho de que esté narrado en primera persona, resulta toda una tentación para asignarle al texto sujeto a juicio el mote de memoir, unidad carcelaria funcional únicamente a la industria editorial. No así al autor, ni al lector (salvo a aquellos lectores que se limiten a actuar como meros consumidores de un mercado).

El que una mención transversal a The Cure (entre una infinidad de menciones musicales y literarias disponibles en el texto) amerite una sentencia que dicte que ese debiera ser el eje del libro, me dio risa. Lo mismo que el dictamen sobre la potencialidad del texto para convertirse en una obra de culto (¡siempre y cuando se reescriba completamente, de acuerdo con su propio criterio!): esto me resultó hilarante.

Insisto con que el problema no era el rechazo, sino la argumentación del mismo. Hubiese sido un alivio encontrarse con un rechazo que esgrimiera una justificación atendible, pues cuando se nos dice que no por los motivos equivocados, corremos el riesgo de pensarnos aptos.

Pero lo que me tranquilizaba era que yo no estaba buscando la aceptación de nadie, mucho menos la de la casa editora más poderosa de habla hispana, empresa que jamás se caracterizó por un sano y genuino interés literario. Mi texto había llegado a manos de este gigante de la palabrita a instancias de una indefinida serie de casualidades. Lo que sí me afligía era lo que pudo haber sentido Javier al leer el informe, diametralmente opuesto a la impresión que él mismo se había hecho del texto. Javier, quien se encontraba culturalmente descalificado por el conocimiento personal y el afecto dispensado al autor. Me torturaba la idea del entusiasmo con el que Javier se había acercado a su amigo mandamás, contrastado con el decepcionante informe que un competente engranaje de la corporación había espetado. De alguna manera, el juicio de valor del empleado de Planeta descalificaba a Javier como lector, no solo a mí como circunstancial autor.

Normalmente, siendo nosotros personas que nos levantamos todos los días de la cama con dolores, angustias, frustraciones y algún que otro destello de felicidad, una primera experiencia de exposición al mundo de la “profesionalidad” de tan pobre resultado, constituiría un soberano Revés (así, con mayúscula, como si se tratase de un nombre propio). Pero dada mi historia personal y las circunstancias en las que este episodio me encontraba, no era otra cosa que una manifestación más de la absurdidad de una sociedad a cuyo sistema jamás me había sentido atraído (sino todo lo contrario).

Una cierta urgencia se había apoderado de mi relación con lo que había escrito: la alternativa se planteaba entre un abandono seguido de olvido y la realización del trabajo de un modo alternativo (léase personal). Definitivamente, la idea de someterse indefinidamente al juicio valorativo de una serie de fulanos a sueldo era algo que había pasado a mejor vida. ¿Para qué autoimponerse semejante castigo? ¿Para –eventualmente y tras haberse destrozado los nudillos golpeando una infinidad de puertas- obtener la ilusión de aceptación de parte de la estúpida abstracción de “la industria”? ¿Para sumar un librito más a los anaqueles de un mercado de consumo absolutamente saturado, innecesario y nocivo? ¿Y todo esto por una cuestión de mal manejo del inevitable ego que hace que nos levantemos todos los días de la cama sintiendo dolores, angustias, frustraciones y alguna que otra felicidad? No, mejor no…

Pues entonces, aquí estamos. Buscando lectores. Sin intermediarios. Pretendiendo que actúen de manera poco convencional. Lectores soberanos, que no precisen del aval de ningún extraño, incluidas las entidades abstractas que están ahí fuera clasificando la mercadería a ser vendida. Aquí estamos, aquí estoy. Ilusionándome con lectores que trabajen, pues lo que leen solo puede ser en tanto se lo apropien. Un lector no es otra cosa que el autor en acción.

Prescindamos de una vez por todas de los Andreses sin rostro, meritócratas que prometen un mundo más justo y nos venden sus buenas intenciones, mientras sus acciones se limitan a arrojar una monedita al mendicante que -de alguna extraña forma- ellos mismos han generado. Dejémonos de joder con los Reveses de las corporaciones, esas figuras que ofician una liturgia servil que nos somete en el nombre de la cultura de un mercado de entretenimiento. ¿Qué es, acaso, un libro? ¿Un cuerpo muerto etiquetado y dispuesto en una colorida morgue donde el lector se limita a la anónima función de comprador que paga el precio de la mercancía, resignando así su participación activa y esencial en el acto de la literatura? ¿Qué es un autor y qué un lector? ¿Quiénes son? ¿Son entidades separadas? ¿Qué es la literatura? ¿Una serie de objetos sin vida? ¿Una acción extraña a la vida, sin dinámica? ¿Dónde comienza una cosa y termina la otra en este infierno de fragmentación que se nos propone en el nombre de la inteligencia?

El informe profesional del texto que forma parte de esta novela expansiva titulada “32 (El Libro que Quería Ser Cuaderno)” recomendó una reescritura total, “de arriba abajo”. Pero lo que no notó este buen hombre que se levanta todos los días de la cama con dolores, angustias, frustraciones y alguna que otra felicidad, es que el texto, finalmente, había roto la cárcel del libro-cadáver. Como una pintura que trasciende su propio marco y se derrama –primero- sobre la pared en la que se encuentra colgada. Y, de ahí en más, se expande. Como en un sueño y pesadilla: se continúa, se multiplica en una (dis)rupción indefinida. Se sale no solo del marco y del espacio muerto de la exhibición, también renuncia al sistema carcelario de todas las clasificaciones posibles, hasta las derivadas de los materiales utilizados: ni óleo, ni acrílico, ni acuarela, ni grafito… La pintura se expande, trashuma a una acción imposible de etiquetar, ningún soporte resulta ya suficiente: es un hecho incontenible al que no es menester asignarle una forma, pues –finalmente- es energía liberada. Es nosotros.

32 (El Libro que Quería Ser Cuaderno)” no es necesariamente el libro impreso (que existe fundamentalmente como recordatorio de la confinación a la que se lo sometió por los siglos de los siglos), sino esto. Y aquello otro. Y el exiguo hálito de pensamiento que mueve los hilos de mis dedos mientras escribo-persigo esto que no sé qué es y se transforma en las imágenes que relampaguean fugazmente en tu cabeza mientras lo estás leyendo, en un desfasaje temporal que no es más que mera ilusión. El libro son estas conversaciones silenciosas que se superponen en planos aparentemente separados e inconexos. La historia en el libro impreso es sólo una excusa, un punto de partida: un juego desencadenándose. Ese texto que se aconsejó reescribir completamente no estaba aún escrito, aunque ya era. Liberado de la prisión del mandato, el libro lo invadió todo: ¿cómo es posible encerrar a la literatura en un tomito impreso? La literatura es una conciencia colectiva, inatrapable. Inescapable. Es un “libro” sin cuerpo ni forma. Es una propuesta inviable, un juego de niños. Un cuaderno imposible de acabar.

Seamos bienvenidos.

 

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